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Relato · Ficción

Quién apagó la luz


Naturaleza
FICCIÓN
Publicado
3 de septiembre de 2026

El apagón duró tres horas y afectó a media ciudad. Cuando volvió la luz me encontré con algo que tardé un rato en entender: todos los interruptores de mi casa estaban en encendido. Todos menos uno.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

El apagón empezó a las diez y veinte de la noche y duró tres horas y diez minutos. Salió en las noticias: un fallo en una subestación, media ciudad sin luz, ningún herido.

Yo estaba en el sofá viendo algo. Se fue todo de golpe y me quedé a oscuras, como todo el mundo.

Lo que hice fue lo que hace cualquiera: buscar el teléfono, encender la linterna, asomarme a la ventana para comprobar que no era solo mi casa. Y al ver el barrio entero apagado, volver al sofá a esperar.

Lo que hice durante tres horas

Nada. Estuve sentado. Miré el teléfono hasta que decidí ahorrar batería, y después me quedé a oscuras escuchando.

Escuchando no es exacto. Simplemente estaba, y los sonidos llegaban: los vecinos hablando en el patio, alguien con una radio a pilas, un coche de vez en cuando.

En algún momento me quedé traspuesto. No dormido del todo, pero sí lo suficiente para perder la noción del rato.

El regreso

La luz volvió a la una y media y volvió toda de golpe, como suele.

Y la casa se encendió entera.

El salón, la cocina, el baño, el dormitorio, el trastero. Todas las lámparas a la vez, todos los interruptores en posición de encendido.

Todos menos el del pasillo.

Por qué eso no encaja

Cuando se va la luz, los interruptores se quedan como estaban. No se mueven solos.

Antes del apagón yo tenía encendida una lámpara de pie del salón. Una. Estaba viendo la tele a oscuras, como veo la tele siempre.

Así que alguien recorrió la casa durante el apagón dándole a todos los interruptores.

Y el único que dejó apagado fue el del pasillo, que es el que hay que pulsar para ver la puerta de entrada desde dentro.

Las comprobaciones

La puerta estaba cerrada con llave y con el cerrojo echado. Lo comprobé tres veces.

Las ventanas, cerradas por dentro. Vivo en un cuarto sin terraza.

No falta nada. Lo he mirado con calma varias veces desde entonces: no falta el dinero, ni la computadora, ni nada.

Llamé a la policía a la mañana siguiente y vino una patrulla. Fueron amables. Miraron la puerta, miraron las ventanas y me dijeron lo que yo ya sabía: que sin signos de entrada forzada y sin nada sustraído no hay mucho que hacer.

Uno de ellos me preguntó si vivía solo. Le dije que sí.

Me dijo que a veces, a oscuras, la gente hace cosas y no se acuerda. Que el cerebro rellena.

Y tiene razón. Es lo más probable. Me levanté, di la vuelta a la casa, toqué todos los interruptores sin darme cuenta y me volví a sentar.

Lo que no le conté

Lo que no le dije es lo del pasillo.

Porque para dejar ese interruptor apagado y todos los demás encendidos hay que hacer una cosa muy concreta: recorrer la casa entera dando la luz, y al llegar al pasillo, decidir.

No es un despiste. Es una decisión.

Y llevo tres semanas intentando entender por qué alguien —yo, dice la policía— querría poder mirar hacia la puerta sin que desde la puerta se le vea.


Cuando la policía sí escribió que no sabía explicar lo que había visto: el Expediente Vallecas, con el caso narrado entero.

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