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Relato · Ficción · Buenos Aires

El encargado


Naturaleza
FICCIÓN
Actualizado
5 de septiembre de 2026

Soy encargado de un edificio de Balvanera desde hace once años. Tengo las llaves de los veinticuatro departamentos colgadas en un tablero, detrás de una puerta que cierro con candado. Esas llaves solo se usan en emergencias. Por eso tardé tanto en darme cuenta.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

El tablero está en el cuartito del contrafrente, atrás de una puerta de chapa con candado, y tiene veinticuatro ganchos numerados. Una llave por departamento.

Están ahí por si hay una pérdida de agua, un incendio o alguien que no atiende el timbre en tres días. En once años las usé nueve veces, y siete fueron por caños rotos.

Del edificio están ocupados veintidós. El 4°A lo vendieron y todavía no se muda nadie. El 6°B está vacío desde 2019.

La luz del sexto

Empecé a ver la luz del palier del sexto prendida de madrugada. No la del departamento: la del pasillo, esa que anda con temporizador y se apaga sola a los dos minutos.

Prendida a las tres, a las cuatro. Y prendida quiere decir que alguien apretó el botón, porque no hay otra forma de que se prenda.

Subí varias noches. Nunca había nadie. Las dos puertas del piso cerradas, sin ruido, y el temporizador andando bien: lo probé, se apagaba solo a los dos minutos exactos.

Se lo comenté al administrador. Me dijo que era el temporizador.

La llave

Un martes de julio se me ocurrió entrar al 6°B a revisar los caños, porque abajo había humedad y ese departamento estaba justo arriba.

Bajé al cuartito, saqué la llave del gancho 6°B, subí y no entró.

Pensé que me había equivocado de gancho. Bajé, verifiqué, era el 6°B. Subí de nuevo. No entra. No es que no gire: no entra en la cerradura, se traba a los dos centímetros.

La miré con la linterna del teléfono y ahí me quedé duro.

Es una llave nueva. El bronce está limpio, sin la pátina que tienen todas las demás, y el paletón tiene las marcas de la máquina todavía filosas. Alguien la hizo hace poco y la colgó en el gancho 6°B.

La llave del 6°B ya no abre el 6°B.

Lo que hice

Tengo una llave maestra que abre las cerraduras originales del edificio, las de 1974. Subí con esa.

Tampoco.

La cerradura del 6°B no es la de 1974. Es una cerradura nueva, de las de bulón, con la chapa todavía sin rayar alrededor del ojo. Cambiada, y cambiada bien, por alguien que sabía lo que hacía.

Toqué timbre. Después golpeé. Después me quedé parado en ese palier once minutos, con la luz del temporizador apagándose y volviéndola a prender tres veces, escuchando.

No se oyó absolutamente nada. Ni un piso que cruje, ni una heladera, ni el zumbido de un aire. Nada, que es lo que uno espera de un departamento vacío.

Pero es que un departamento vacío tampoco hace once minutos de silencio perfecto. Un departamento vacío hace ruiditos.

Ese estaba callado como se calla alguien.

El candado

Volví al cuartito del contrafrente a pensar y me senté frente al tablero.

Y entonces entendí lo que llevaba once años sin mirar.

El candado de la puerta de chapa es mío. Lo compré yo en 2015, cuando se rompió el anterior. La llave la tengo en el llavero, con las del portón y la del ascensor, y no hay copia.

Para colgar una llave nueva en el gancho 6°B hay que abrir ese candado.

Y para abrir ese candado hay que abrirlo con mi llave, o hay que hacer una copia de mi llave, que es lo mismo pero peor.


Lo que llevo pensando desde el martes no es quién está en el 6°B.

Es que en el tablero hay veinticuatro llaves, yo revisé una sola, y las otras veintitrés las estoy mirando ahora mismo desde esta silla sin animarme a levantarme y probarlas.


Otra puerta que estaba cerrada por el lado que no correspondía: «Hay alguien en el desván». Y un caso real de alguien viviendo donde no debía, con atestado policial: el phrogging.

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