La casa estaba bien de precio y solo tenía una cosa rara: el acceso al desván estaba clavado desde fuera con seis tornillos. La inmobiliaria dijo que sería cosa del anterior propietario, y que ya no se le podía preguntar.
Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.
La casa estaba veinte mil por debajo de lo que valía y tenía una sola cosa rara.
En el techo del pasillo hay una trampilla cuadrada para subir al desván. En esta casa la trampilla estaba cerrada con seis tornillos, puestos desde fuera.
Se lo pregunté a la chica de la inmobiliaria en la segunda visita. Me dijo que sería cosa del anterior propietario, que a veces la gente sella el desván por el aislamiento, y que ya no se le podía preguntar porque había fallecido.
Firmé igual. Veinte mil son veinte mil.
Los primeros meses
No pasó nada durante cuatro meses, y quiero dejarlo claro porque después parece que todo encaja y no es verdad. Cuatro meses de nada.
Lo que sí había, desde el principio, era el consumo de la luz.
La factura venía más alta de lo que me correspondía. Llamé a la compañía dos veces. Me dijeron que el contador estaba bien, que lo habían leído a distancia y que no había fuga.
Cambié las bombillas por led. Siguió igual.
Los ruidos
En marzo empecé a oír pasos por la noche. Y aquí es donde tengo que ser honesto: una casa vieja hace ruidos, y yo estaba predispuesto por lo de la trampilla.
Grabé tres noches con el teléfono. Se oye la madera. No se oye nada más.
Lo que no encaja con la madera es que los ruidos estuvieran siempre en la misma zona: el pasillo, encima del pasillo. Justo donde está la trampilla.
La trampilla
En abril compré un destornillador de impacto y quité los seis tornillos.
Tardé veinte minutos. Estaban puestos con fuerza y dos se pasaron de rosca, así que tuve que sacarlos con alicates.
Cuando la trampilla cedió, cayó polvo. Mucho. Lo normal en un sitio cerrado años.
Subí con una linterna.
El desván
Es un espacio bajo, de un metro veinte de alto, con el suelo de tablas y aislante de lana de roca entre las vigas.
Estaba vacío.
Vacío de muebles, quiero decir. Lo que había era esto:
Un colchón fino, de los de camping, extendido en el rincón que da a la fachada. Al lado, una botella de agua de cinco litros, vacía. Y una regleta de enchufes conectada a un punto de luz que alguien había empalmado directamente al cableado de la casa.
La regleta tenía un cargador de teléfono enchufado.
No tenía ningún teléfono conectado. Junto al colchón había polvo sin pisadas.
El parte
Llamé a la policía. Vinieron, subieron, hicieron fotos y me tomaron declaración.
Me preguntaron si faltaba algo en la casa. Les dije que no, que solo la luz de más.
Me preguntaron si el anterior propietario tenía familia. No lo sé.
Se fueron sobre las once. Cerré, eché el cerrojo y me senté en la cocina a pensar en la única cosa que no les había dicho, porque hasta ese momento no la había pensado del todo.
La trampilla estaba clavada por fuera. Con seis tornillos, por fuera, desde el pasillo.
El desván no tiene otra salida. Eso lo comprobamos los tres.
Antes de bajar, uno de los policías desenchufó la regleta y la dejó sobre el colchón. Lo vi hacerlo.
Esa noche me quedé en un hotel. A la mañana siguiente subimos otra vez, el mismo agente y yo.
La regleta estaba enchufada.
Y junto al colchón, donde el día anterior no había ninguna, estaban mis zapatillas de casa.
Esto no es tan inverosímil como parece. En Fukuoka, en 2008, una mujer pasó casi un año en el altillo del armario de un desconocido: el caso está documentado con un Short del canal sobre el fenómeno.
Si ahora prefieres escuchar, elige otra historia del canal.
Encontrar mi próxima narración →