En noviembre de 1992, cuatro policías españoles firmaron el único informe oficial de este país que describe fenómenos que ellos mismos no supieron explicar. Treinta y tres años después, uno de los niños que vivía en aquella casa se sentó delante de una cámara y explicó cómo se hizo uno de esos fenómenos: lo hizo él, con una piedra, porque su madre se lo pidió.
Aquí no vas a leer la versión que lleva treinta años circulando. Vamos a separar tres cosas que llevan tres décadas mezcladas: lo que está documentado, lo que es leyenda y lo que es especulación.
Conviene decirlo desde el principio: estamos hablando de la muerte real de una chica de diecisiete años y de una familia que sigue viva. Al final de este artículo, esa familia sigue sin ponerse de acuerdo sobre lo que pasó dentro de su propia casa.
Quién era Estefanía
Se llamaba Estefanía Gutiérrez Lázaro. Tenía diecisiete años y vivía en el número ocho de la calle Luis Marín, en el barrio de Palomeras Sureste, dentro del distrito madrileño de Puente de Vallecas.
Vallecas no es un pueblo perdido ni una mansión abandonada: es un distrito obrero del sureste de Madrid, de bloques de pisos pequeños, construido para familias trabajadoras. Nada exótico. Nada gótico. Estefanía era la mayor de seis hermanos, en una familia católica practicante.
La versión más repetida del origen dice que hizo una sesión de ouija en su instituto, que una profesora la descubrió y rompió el tablero, y que de ahí salió un humo que se le metió por la nariz.
Esa escena no aparece en ningún documento. Aparece en el relato que su madre dio a la prensa después de la muerte de su hija. Y las fuentes que la repiten no coinciden entre ellas: unas dicen que el humo era blanco y otras que negro; unas que se rompió el vaso y otras que el tablero. Cuando cuatro fuentes cuentan cuatro versiones de la misma escena, eso no es un dato: es un relato en construcción.
En 2018, su hermano Ricardo declaró a El Mundo que Estefanía no era asidua a las ouijas, que era completamente normal, y que aquella sesión había ocurrido aproximadamente un año antes de su muerte.
Qué ocurrió
El 13 de julio de 1991, según la reconstrucción que recogen las fuentes, hubo un episodio violento en casa entre Estefanía y una de sus hermanas. Al día siguiente sufrió un episodio grave, entró en coma y fue trasladada al Hospital Gregorio Marañón de Madrid, donde murió de madrugada.
La autopsia no pudo determinar la causa. La calificó como muerte súbita y sospechosa. Su hermano Ricardo añadió en 2018 un dato que no suele citarse: que en el informe consta asfixia pulmonar.
Sus dos hermanos sostienen otra hipótesis. Declaran que Estefanía tenía episodios compatibles con crisis epilépticas de ausencia, que hay antecedentes familiares —su madre está tratada por epilepsia convulsiva— y que estaba siendo atendida médicamente cuando murió, antes de que hubiera un diagnóstico cerrado.
Eso es una hipótesis, no una conclusión forense. La autopsia dijo que no lo sabía, y sigue diciendo que no lo sabe.
La cronología, en cambio, no la discute nadie: la ouija fue un año antes de la muerte, los fenómenos no empezaron a contarse hasta después del entierro, y el documento policial se firmó dieciséis meses más tarde.
El atestado
Dieciséis meses después de enterrar a su hija, esa familia llamó a la policía a las dos de la madrugada. Llegaron cuatro agentes al mando del inspector jefe José Pedro Negri y encontraron a la familia en la calle, bajo el frío.
Lo que escribieron al bajar es la razón por la que este caso no ha muerto nunca. El parte habla de una «situación de misterio y rareza», y recoge cuatro hechos:
- La puerta de un armario perfectamente cerrada, cosa que comprobaron después, se abrió de forma súbita y totalmente antinatural.
- Se produjo un fuerte ruido en la terraza, donde comprobaron que no había nadie.
- Sobre un mantelito apareció una mancha marrón identificada, con esa palabra exacta, como babas.
- En una habitación encontraron un crucifijo con el cristo separado de la cruz, y sobre el póster del que colgaba, las marcas de un arañazo.
Cuatro policías, un documento oficial, ningún sospechoso y ninguna explicación.
Hay dos cosas que casi nunca se cuentan. La primera: ese informe no lo publicó la policía. Salió a la luz porque el criminólogo Manuel Carballal lo consiguió tras varias visitas a comisaría, y de ahí llegó a la televisión. El documento que dio credibilidad oficial al caso se hizo famoso por el circuito de los medios de misterio, no por una investigación policial abierta.
La segunda es más incómoda. El propio inspector Negri ha contado esa noche de formas distintas según la década. El 4 de octubre de 1993, en el programa Código Uno de TVE, dijo que se abrió la puerta del armario, que hizo una inspección ocular y no vio nada extraño, que él es escéptico, que aquello pudo deberse a veinte mil explicaciones y que no fue una cosa tan grave. Años más tarde, en un programa de misterio de máxima audiencia, la misma escena ya se contaba como una puerta que giró y dio una docena de violentos portazos.
El documento no cambió. El relato sí. Es exactamente lo que pasó con Hinterkaifeck a lo largo de un siglo: a un expediente escueto se le fueron añadiendo escenas que nadie presenció.
Lo que había alrededor del documento
En 1992 pasó en España algo que no tiene nada de paranormal y que explica este caso mejor que cualquier ouija.
Hasta 1990 solo existía la televisión pública: dos canales. Ese año arrancaron las primeras cadenas privadas y, por primera vez, hubo guerra de audiencia. Lo que funcionaba era lo extraordinario: ovnis, videntes, casas encantadas, testimonios imposibles. Programas de gran audiencia empezaron a sentar en plató a gente corriente, y todos necesitaban un caso nuevo cada semana.
Justo entonces, en un barrio obrero de Madrid, una familia con seis hijos empieza a contar que en su casa pasan cosas. Y existe un papel firmado por la policía.
Los padres acudieron a programas de televisión. También sus hijos, que entonces eran menores de edad. Los hermanos citan por su nombre a un supuesto parapsicólogo que se hacía llamar Tristán Braker, el primero que apareció en la casa, y dicen que aquello les metió aún más miedo en el cuerpo. Maximiliano lo resumió así en 2018: llegaron a perder su intimidad con tal de sentirse protegidos, se acompañaban unos a otros hasta el baño, y «psicológicamente nos machacaron».
Nombran también a un profesional que actuó al revés: el psiquiatra Fernando Jiménez del Oso, que les recomendó dejar de hablar del asunto. Y cuentan que fue a partir de ahí, al hacerle caso, cuando los fenómenos cesaron.
Mientras tanto sufrieron acoso escolar y la marca de ser «los del poltergeist de Vallecas» colgada del apellido durante décadas. Maximiliano tenía casi diez años cuando la policía entró en su casa, y ha dicho que con la protección que hoy tienen los menores ante los medios, en aquella época los Servicios Sociales podrían haber intervenido.
La confesión de 2025
El 7 de noviembre de 2025, HBO Max estrenó una serie documental de tres episodios dirigida por Noemí Redondo. Se titulan Miedo, Vértigo y Trauma, y no es casualidad que estén en ese orden.
Ricardo declara ante la cámara lo mismo que ya había dicho en prensa en 2018: que el fuerte ruido de la terraza que los agentes escribieron en el informe lo provocó él. Cuenta que su madre le pidió a escondidas que tirase algo a la terraza para impresionar más a los policías, que cogió una piedra pequeña del salón, que fue al balcón contiguo y la lanzó, y que golpeó una despensa de hierro que tenían fuera.
Uno de los cuatro hechos que cuatro policías firmaron como inexplicables lo hizo un chaval de dieciséis años con una piedra.
Los hermanos proponen explicación para los otros tres. La puerta del armario: allí guardaban álbumes de fotos que se caían con frecuencia y hacían saltar la puerta, y minutos antes los habían sacado para enseñar recortes a los agentes. La mancha marrón: creen que era el potito que su hermano pequeño había cenado horas antes. El crucifijo: era un día de frío y lluvia, una puerta se cerró de un portazo y creen que el clavo cedió; añaden que ni ellos ni los policías lo vieron caer.
Ninguna de esas tres explicaciones está probada. Son hipótesis dadas treinta años después por testigos que entonces eran niños. Pero son la primera explicación que alguien ha ofrecido para un documento que llevaba tres décadas presentándose como sin explicación posible.
El caso real y la serie de HBO Max
Mucha gente llega a este caso por dos ficciones, y conviene separarlas del expediente.
Verónica (2017), dirigida por Paco Plaza, se inspira libremente en lo ocurrido: cambia el nombre de la protagonista, cambia los hechos y cambia el final. Cuando llegó a Netflix en 2018 la vio medio mundo, y para millones de personas se convirtió en el resumen de un caso real que en realidad no cuenta. Según declaró el hermano mayor, parte de la familia llegó a plantearse acciones legales contra la productora.
Expediente Vallecas (2025), la serie documental de tres episodios estrenada en HBO Max el 7 de noviembre, es otra cosa: no dramatiza, entrevista. Y es donde se produce la confesión que reabre el caso.
Si alguien busca el caso real, la ficción de 2017 no sirve. El documental de 2025 sí, con la cautela de que su tesis la sostienen dos de los hermanos y que otra hermana la contradice dentro de la propia serie.
Qué no se sabe
Los hermanos sostienen que su madre los sumergió en un estado de sugestión, que les pedía aumentar o inventar sucesos y que a veces estaban aleccionados sobre qué decir. Describen un clima familiar duro del que declararon no poder dar más detalles por motivos legales. Su padre, dicen los dos, era escéptico y nunca les hizo daño.
La serie no se queda con esa versión. Entrevista también a la madre, Concepción Lázaro, que aparece molesta con el trato que recibe de sus hijos. Y da espacio a una de las hermanas, que sostiene que lo que ella vivió fue real y contradice abiertamente a Ricardo y a Maximiliano.
Cabe una lectura que conviene no esconder: que el testimonio de los hermanos esté atravesado por un ajuste de cuentas con su madre. Eso no lo invalida, pero tampoco lo convierte en veredicto.
Hay un episodio muy repetido que no está en el atestado: que el 1 de noviembre de 1993 una fotografía de Estefanía colgada en el salón se incendió, ardiendo solo la parte del rostro. Ese episodio pertenece al relato familiar difundido en su momento. No lo firmó nadie. Es exactamente el tipo de detalle que treinta años de repetición han convertido en dato.
¿El Expediente Vallecas es real?
Depende de qué se pregunte, y por eso el caso lleva treinta años sin cerrarse.
Es real que existió Estefanía Gutiérrez Lázaro, que murió en julio de 1991 con diecisiete años y que la autopsia no determinó la causa. Es real que cuatro policías firmaron un atestado describiendo cuatro hechos que no supieron explicar, y que ese documento es único en España.
No está documentada la sesión de ouija tal como se cuenta, ni la fotografía que arde, ni ninguna causa sobrenatural. Y desde 2025 hay, además, una explicación confesada para uno de los cuatro hechos del informe y tres hipótesis para los otros.
Una frase de uno de los hermanos en el documental resume el caso mejor que cualquier conclusión: «¿Realmente fue real? Porque ver, vi».
Fuentes
- Atestado de la Policía Nacional firmado la madrugada del 27 de noviembre de 1992Primaria · Policía Nacional · noviembre de 1992
- Entrevista a Ricardo y Maximiliano Gutiérrez LázaroPrimaria · El Mundo · 2018
- Declaraciones del inspector jefe José Pedro Negri en el programa Código UnoPrimaria · TVE · 4 de octubre de 1993
- Serie documental «Expediente Vallecas», dirigida por Noemí RedondoHBO Max · 7 de noviembre de 2025
El relato completo, narrado.
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