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La última parada


Naturaleza
FICCIÓN
Actualizado
5 de septiembre de 2026

El último autobús de la noche hace el recorrido completo aunque no lleve a nadie. Es una obligación del contrato con el ayuntamiento: la línea existe, luego se cubre. Durante ocho meses lo hice solo.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

El último autobús sale de la estación a las dos y diez y hace el recorrido entero: veintidós paradas, cuarenta minutos, hasta el polígono. Va vacío casi siempre. Es una obligación del contrato con el ayuntamiento —la línea existe, luego se cubre— y a nadie le importa que suba gente o no.

A mí me venía bien. Cuarenta minutos de calles vacías, sin nadie pidiéndome cambio.

Las paradas se anuncian solas. Una grabación dice el nombre y el autobús se detiene si alguien ha pulsado el timbre o si hay alguien esperando en la marquesina. Si no, pasa de largo.

El sonido

La primera noche que ocurrió fue en noviembre.

Iba por la avenida, entre la parada catorce y la quince, y sonó el timbre. Ese ding corto que suena cuando alguien pide parada.

Miré por el retrovisor interior. El autobús estaba vacío. Las luces encendidas, veintiocho asientos, ninguno ocupado.

Paré igualmente, porque es lo que hay que hacer. Abrí las puertas, esperé diez segundos, las cerré y seguí.

Pensé que era un fallo eléctrico. Lo anoté en el parte, como hay que hacer, y en el taller me dijeron que lo mirarían.

La rutina

Volvió a sonar cuatro noches después. Y a la semana siguiente dos veces.

Siempre en el mismo tramo, entre la catorce y la quince. Siempre con el autobús vacío. Nadie había pulsado el timbre.

El taller revisó el circuito dos veces y no encontró nada. Un compañero me dijo que a él le pasaba con los limpiaparabrisas, que estos autobuses tienen quince años y hacen cosas raras.

Me acostumbré. Cuando sonaba, paraba, abría, contaba diez y seguía. Como si hubiera alguien que necesitara esa parada.

Lo que cambió no fue el timbre.

El aire

Fue en febrero cuando empecé a notar el frío.

Al abrir las puertas en esa parada entra aire de la calle, evidentemente. Pero al cerrarlas, el frío debería irse en un par de minutos con la calefacción puesta.

No se iba. Desde la parada quince hasta el final del recorrido, el autobús estaba a menos temperatura que antes. No mucho: lo justo para tener que subir la calefacción un punto.

Y solo las noches en que sonaba el timbre.

El asiento

En marzo empecé a mirar el retrovisor más de la cuenta.

No sé qué esperaba ver. Lo que veía era un autobús vacío, veintiocho asientos, las luces amarillas del techo.

Hasta que una noche me fijé en el asiento del fondo a la derecha, el que está pegado a la ventanilla trasera.

El cojín estaba hundido.

No roto. Hundido, como cuando alguien acaba de levantarse y la espuma tarda unos segundos en volver.

Frené, me levanté y fui hasta el fondo. Cuando llegué, el asiento estaba liso.

El parte

Los conductores rellenamos un parte por turno. Incidencias, averías, pasajeros conflictivos. Nadie lo lee salvo que haya un problema.

Yo llevo ocho meses escribiendo lo mismo en la casilla de incidencias: timbre parada 15, autobús vacío, sin novedad.

Anoche, al terminar el turno, fui a rellenarlo y me di cuenta de una cosa.

En la parada quince hay una marquesina. Y detrás de la marquesina, pegado al muro, hay un ramo de flores de plástico con una fecha escrita en una placa pequeña.

La fecha es de hace nueve meses.

Nunca me había parado a leerla porque nunca me había bajado ahí.

Había pasado por delante de aquella placa durante meses sin leer el nombre.

Esta noche llegué a la quince antes de que sonara el timbre. Paré, apagué el motor y dejé las puertas cerradas.

Entonces vi hundirse el asiento del fondo.

El timbre sonó una vez.

Abrí.


Hay otro pueblo en este archivo donde algo siguió funcionando después de que se fuera todo el mundo, y ese ocurre en agosto y con música: La verbena del pueblo vacío.

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