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Miniatura de «Dos meses contando el mismo maniquí… hasta esta noche»

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Relato · Ficción

El maniquí que me señaló


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
7 min
Publicado
1 de agosto de 2026

Detrás de ese cristal hay cinco maniquíes. Los cuento cada noche, porque para eso me pagan. Y una de esas noches, uno tenía el brazo mal puesto.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

Trabajo de noche en un centro comercial. Entre las diez y las seis, el edificio es mío y de nadie más.

Hago cuatro rondas y anoto si algo está fuera de su sitio. Nadie lee ese cuaderno. Por eso escribí lo del brazo sin darle importancia: era una línea más, entre una puerta de incendios que cierra mal y una luz del aparcamiento que parpadea desde marzo.

La tienda cierra a las nueve y media. Su escaparate queda enfrente de mi puesto. Dentro hay cinco maniquíes iguales, en fila, mirando hacia el interior del local. No tienen cara. Ni ojos pintados, ni boca. Solo esa curva lisa donde debería haber algo.

Aquella noche, el cuarto de la fila tenía el brazo separado del cuerpo. Unos centímetros. Nada que llame la atención si no llevas once meses mirándolos.

Escribí: cuarto maniquí, brazo mal colocado. Y debajo, la hora.

Supuse que lo habría movido el turno de tarde. Pero el turno de tarde no entra ahí. Ni siquiera tiene llave de la tienda.

La lista

La siguiente anotación es de once noches después. Esto no pasó de golpe. Pasó despacio, con semanas de por medio, y por eso tardé tanto en verlo.

Esa noche el brazo separado no estaba en el cuarto maniquí. Estaba en el tercero.

Pensé que había contado mal. Volví al cuaderno. Ponía cuarto.

Así que los numeré, del uno al cinco, empezando por el que está pegado al cristal. Y desde entonces anoté también el número.

Tengo esa lista delante:

FechaManiquí
14 de octubre4
25 de octubre3
9 de noviembre3
21 de noviembre2
18 de diciembre1

Dos meses. Una fila que solo tiene cinco sitios.

No cambiaba de postura. Cambiaba de sitio. Y siempre en la misma dirección: hacia el cristal. Hacia el pasillo. Hacia mí.

La cámara siete

Dije al principio que los cuento cada noche. Lo que no dije es que no hace falta que vaya.

Hay una cámara fija que enfoca el escaparate desde el otro lado del pasillo. La siete. La veo desde mi puesto, en el monitor de arriba a la izquierda, junto a la del muelle de carga.

La noche en que el número uno pasó a ser el del brazo separado, vi en el monitor algo que no estaba en el cuaderno.

La cabeza. La tenía inclinada. Un poco hacia abajo y un poco hacia delante.

No miraba hacia dentro de la tienda. Miraba hacia la cámara.

Losada

Se lo enseñé a Losada. Hacía el turno de noche conmigo tres días por semana. Llevábamos casi un año repartiéndonos el edificio: él arriba, yo abajo.

Se quedó mirando la pantalla mucho más rato del necesario. Luego me dijo dos cosas.

Que no lo pusiera en el parte. Y que dejara de contarlos.

Le pregunté por qué. Me dijo que si dejas de contar algo, ese algo se queda sin sitio por donde avanzar.

No le hice caso. Seguí contando.

Enero

En enero, el del brazo separado seguía siendo el número uno. Pero el brazo ya no estaba solo separado. Estaba levantado, a la altura de la cintura. Como quien empieza un gesto y se queda a la mitad.

Me acerqué al cristal más de lo que me había acercado nunca.

La mano de los otros cuatro es una pieza sola, con los dedos moldeados juntos, sin separación. Es un maniquí barato: no tienen dedos, tienen una forma de mano.

La suya tenía nudillos.

Esa noche escribí en el cuaderno una línea que no era de ronda. Era una pregunta:

¿Cuánto le queda para llegar al cristal?

Las tres y diez

Salgo a hacer la tercera ronda a las tres y diez. Y antes de llegar ya sé que algo ha cambiado, porque desde el fondo del pasillo se ve el escaparate entero, y en la fila del fondo solo hay cuatro maniquíes.

El número uno estaba delante del cristal, casi tocándolo, con el brazo entero estirado hacia fuera y el índice recto.

Y la punta de ese dedo era roja.

No apuntaba hacia dentro de la tienda. No apuntaba a la calle.

Apuntaba al pasillo. A la cámara siete.

Y yo estaba justo debajo de la cámara siete.

Esa noche escribí tres palabras en el cuaderno. Sin hora. Sin planta. Sin número.

Él me señaló.

Losada, otra vez

Losada no vino al turno siguiente. Ni al otro.

Llamé a la empresa. Buscaron el apellido dos veces y me dijeron que aquí no había trabajado nunca nadie con ese nombre.

Lo pregunté en la tienda. En la cafetería. En el office de limpieza. Nadie recuerda a Losada.

Su taquilla estaba abierta y vacía, como si llevara años así.

Esta noche

Esta noche he vuelto a contar. El del brazo ya está otra vez en la fila, quieto, con el brazo pegado al cuerpo, igual que los demás.

Pero la fila ya no tiene cinco sitios.

Tiene seis.

Sigo escribiendo en el cuaderno que nadie lee. Es lo único que demuestra que Losada existió. Y puede que lo único que demuestre que yo existí.

Si le gustan las historias que se leen de una sentada, hay más relatos cortos en el archivo.

Así que dejo la pregunta escrita, por si mañana no vengo a trabajar.

¿Cuántos maniquíes vas a contar tú detrás de ese cristal?

El relato completo, narrado.

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