LA MÁSCARA
DE LECTER
Archivo en emisión
Miniatura de «Llevaba 20 años abandonado. Entonces comenzó la música…»

Abrir esta historia en YouTube ↗

Versión narrada · 48 min

Relato · Ficción

La verbena del pueblo vacío


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
48 min
Publicado
4 de agosto de 2026

Valdelumbre llevaba veinte años sin un solo vecino. A las nueve y diez de la noche se encendieron de golpe las bombillas de colores de la plaza, y el cable que las alimentaba colgaba suelto a dos metros del suelo. Lo estábamos mirando cuando empezó el pasodoble.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

Las bombillas de colores se encendieron todas a la vez a las nueve y diez de la noche, y la plaza pasó de la penumbra a una luz amarilla de fiesta de agosto.

El cable que las alimentaba seguía colgando a dos metros del suelo, suelto, sin conectar a nada. Lo teníamos delante. Paula lo estaba iluminando con la linterna cuando prendieron.

Éramos las dos únicas personas en Valdelumbre. El pueblo llevaba más de veinte años sin un solo vecino.

Por qué estábamos allí

Trabajo en topografía. Medimos terrenos y levantamos planos de edificios para quien necesita venderlos, y ese agosto nos habían encargado documentar tres viviendas en una aldea del Maestrazgo turolense: planos, fotos de las cubiertas y una valoración del estado. Los dueños eran los nietos de una mujer que se marchó a Valencia en los setenta.

Calculamos una tarde de trabajo. Recogimos las llaves en Castellote y llegamos sobre las cinco y media por carreteras que se iban estrechando hasta que el navegador se rindió. Aparcamos junto al frontón.

Lo que estaba mal

Valdelumbre no era uno de esos despoblados de los que solo quedan cuatro paredes cubiertas de maleza. El pueblo seguía prácticamente entero, y esa apariencia de normalidad era, en realidad, lo primero que resultaba incómodo.

Había veintitantas casas de piedra, una fuente seca, un teleclub con las persianas bajadas, el edificio de las escuelas y una iglesia pequeña que dominaba la plaza. No vimos coches, ni antenas modernas, ni contenedores de basura. Pero tampoco había pintadas ni cristales rotos.

Daba la impresión de que los vecinos habían cerrado sus puertas el domingo anterior y aún no habían regresado.

Medimos las tres casas sin incidencias. La luz empezó a caer sobre las ocho y media y decidimos hacer una última pasada por la plaza para fotografiar la fachada de la iglesia con el sol bajo.

Fue Paula quien vio las guirnaldas.

Las guirnaldas

Cruzaban la plaza de lado a lado, de balcón a balcón, con esas bombillas de colores de las fiestas de pueblo. Estaban limpias. Ni polvo, ni telarañas, ni cables caídos.

En una aldea sin vecinos desde hacía veinte años.

Paula siguió uno de los cables con la mirada hasta la fachada del teleclub. Descendía recto, pasaba junto a una ventana cegada y terminaba colgando a dos metros del suelo. Suelto. Sin conectar a nada.

Nos quedamos mirándolo un rato largo sin decir nada. Después recogimos el trípode y echamos a andar hacia el coche.

Eso es lo que estábamos haciendo a las nueve y diez, cuando prendieron con un chasquido sordo las doscientas bombillas de una instalación que no llegaba a ningún enchufe.

El pasodoble

La música empezó unos segundos después de la luz, desde algún altavoz que no localizamos. Un pasodoble, con la reverberación de los equipos malos de las verbenas, como si sonara desde muy lejos y a la vez desde todas partes.

Y en la plaza había gente.

No los vimos llegar. Estaban ahí cuando volvimos a mirar, quizá treinta personas, bailando en parejas. Vestidos de domingo, con ropa que no era de ahora: chaquetas oscuras, vestidos de flores, zapatos de vestir.

No nos miraban. Bailaban mirándose entre ellos, o mirando al suelo, moviéndose con esa torpeza educada de la gente mayor en las fiestas.

Paula me agarró del brazo. Empezamos a caminar hacia la bocacalle por la que habíamos venido, despacio, sin correr, por el borde de la plaza.

El pasodoble se interrumpió cuando estábamos a diez metros de la salida.

Hasta entonces aquellas personas se habían limitado a bailar sin mirarnos. En cuanto la música se cortó, todas volvieron la cabeza a la vez y dieron un paso hacia nosotros.

Y una voz salió de los altavoces, con la alegría cansada de un presentador de fiestas:

La pareja que acaba de llegar… que salga a bailar.

La salida

No sé cuánto tiempo estuvimos quietos. Paula dice que unos segundos; a mí me pareció mucho más.

Lo que hicimos fue lo único sensato: seguir caminando hacia la calle, sin correr y sin darles la espalda del todo, hasta que la esquina del teleclub nos tapó la plaza.

En cuanto dejamos de verlos, la música volvió a sonar. El mismo pasodoble, desde el mismo compás en que se había cortado.

Llegamos al coche sin mirar atrás. Paula no habló hasta que salimos a la carretera comarcal y volvió la cobertura, treinta y cinco minutos después.

Entregamos los planos a la gestoría por correo. Ninguno de los dos volvió a Valdelumbre.

La fotografía

Tres años después, un grupo de aficionados a los pueblos deshabitados publicó una serie de fotografías de Valdelumbre. Una de ellas era de la plaza, tomada en pleno día.

En un balcón, colgando de un clavo, hay un espejo cubierto con una tela negra.

Y junto a la puerta de la iglesia hay un hombre de chaqueta oscura, con una cicatriz sobre la ceja izquierda y la cabeza ligeramente inclinada, mirando a la cámara.

Pedí una copia con la máxima calidad posible.

Se lo mandé a mi tía Carmen, junto con una fotografía de familia que había guardado durante una mudanza. No hizo falta que le señalara a nadie: lo reconoció de inmediato.

Era Andrés, su marido. Desapareció en 1987.

No parecía haber envejecido un solo día.

Carmen estuvo mucho rato en silencio. Después se fijó en el espejo del balcón, en la tela negra que lo cubría, y dijo una sola frase antes de colgar:

Entonces ya sé adónde los llevan cuando el espejo se descubre.


Los pueblos con leyenda propia no son ficción: hay casos reales documentados que ocurrieron en sitios así.

Puedes seguir esta historia con la voz del canal.

▶ Escuchar la versión narrada · 48 min