Hay lugares que desaparecen sin llegar a derrumbarse. Siguen figurando en los mapas, conservan sus calles y sus casas, e incluso parecen esperar a que alguien vuelva a abrir las ventanas. Pero que un lugar se quede sin habitantes no significa que se quede vacío.
Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.
Me llamo Marcos, vivo en Zaragoza y trabajo en una empresa pequeña de topografía. Nos dedicamos a medir terrenos, levantar planos y construir modelos digitales de edificios para arquitectos, ayuntamientos o particulares que necesitan vender una finca.
No es un trabajo especialmente emocionante. La mayor parte del tiempo la pasamos conduciendo, moviendo trípodes y esperando a que una máquina termine de registrar puntos. Precisamente por eso, cuando algo se sale de la rutina, uno lo recuerda con bastante claridad.
Valdelumbre, el pueblo abandonado
En agosto de hace dos años, mi compañera Paula y yo recibimos el encargo de documentar tres viviendas en Valdelumbre, una aldea del Maestrazgo turolense que llevaba más de veinte años sin vecinos permanentes.
Los propietarios eran los nietos de una mujer que se había marchado a Valencia durante los años setenta. Querían vender las casas y necesitaban planos, fotografías de las cubiertas y una valoración aproximada de su estado. Un trabajo sencillo que, según nuestros cálculos, no debía ocuparnos más de una tarde.
Salimos de Zaragoza después de comer, recogimos las llaves en una gestoría de Castellote y continuamos por carreteras cada vez más estrechas. Durante los últimos kilómetros el navegador dejó de dar indicaciones y la cobertura desapareció, pero la gestora nos había dibujado un croquis tan detallado que encontramos el desvío sin dificultad.
Llegamos sobre las cinco y media y aparcamos junto al antiguo frontón, convencidos todavía de que terminaríamos antes de que anocheciera.
Lo que estaba mal
Valdelumbre no era uno de esos despoblados de los que solo quedan cuatro paredes cubiertas de maleza. El pueblo seguía prácticamente entero, y esa apariencia de normalidad era, en realidad, lo primero que resultaba incómodo.
Había veintitantas casas de piedra, una fuente seca, un teleclub con las persianas bajadas, el edificio de las escuelas y una iglesia pequeña que dominaba la plaza. No vimos coches, ni antenas modernas, ni contenedores de basura. Pero tampoco había pintadas ni cristales rotos.
Daba la impresión de que los vecinos habían cerrado sus puertas el domingo anterior y aún no habían regresado.
Medimos las tres casas sin incidencias. La luz empezó a caer sobre las ocho y media y decidimos hacer una última pasada por la plaza para fotografiar la fachada de la iglesia con el sol bajo.
Fue Paula quien vio las guirnaldas.
Las guirnaldas
Cruzaban la plaza de lado a lado, de balcón a balcón, con esas bombillas de colores de las fiestas de pueblo. Estaban limpias. Ni polvo, ni telarañas, ni cables caídos.
En una aldea sin vecinos desde hacía veinte años.
Paula siguió uno de los cables con la mirada hasta la fachada del teleclub. Descendía recto, pasaba junto a una ventana cegada y terminaba colgando a dos metros del suelo. Suelto. Sin conectar a nada.
Nos quedamos mirándolo un rato largo sin decir nada. Después recogimos el trípode y echamos a andar hacia el coche.
Fue entonces cuando se encendieron.
Las bombillas prendieron todas a la vez, con ese chasquido sordo de los focos antiguos, y la plaza pasó de la penumbra a una luz amarilla y cálida de fiesta de agosto.
El cable seguía colgando, desconectado, a dos metros del suelo.
El pasodoble
La música empezó unos segundos después, desde algún altavoz que no localizamos. Un pasodoble, con la reverberación de los equipos malos de las verbenas, como si sonara desde muy lejos y a la vez desde todas partes.
Y en la plaza había gente.
No los vimos llegar. Estaban ahí cuando volvimos a mirar, quizá treinta personas, bailando en parejas. Vestidos de domingo, con ropa que no era de ahora: chaquetas oscuras, vestidos de flores, zapatos de vestir.
No nos miraban. Bailaban mirándose entre ellos, o mirando al suelo, moviéndose con esa torpeza educada de la gente mayor en las fiestas.
Paula me agarró del brazo. Empezamos a caminar hacia la bocacalle por la que habíamos venido, despacio, sin correr, por el borde de la plaza.
El pasodoble se interrumpió cuando estábamos a diez metros de la salida.
Hasta entonces aquellas personas se habían limitado a bailar sin mirarnos. En cuanto la música se cortó, todas volvieron la cabeza a la vez y dieron un paso hacia nosotros.
Y una voz salió de los altavoces, con la alegría cansada de un presentador de fiestas:
La pareja que acaba de llegar… que salga a bailar.
La salida
No sé cuánto tiempo estuvimos quietos. Paula dice que unos segundos; a mí me pareció mucho más.
Lo que hicimos fue lo único sensato: seguir caminando hacia la calle, sin correr y sin darles la espalda del todo, hasta que la esquina del teleclub nos tapó la plaza.
En cuanto dejamos de verlos, la música volvió a sonar. El mismo pasodoble, desde el mismo compás en que se había cortado.
Llegamos al coche sin mirar atrás. Paula no habló hasta que salimos a la carretera comarcal y volvió la cobertura, treinta y cinco minutos después.
Entregamos los planos a la gestoría por correo. Ninguno de los dos volvió a Valdelumbre.
La fotografía
Tres años después, un grupo de aficionados a los pueblos deshabitados publicó una serie de fotografías de Valdelumbre. Una de ellas era de la plaza, tomada en pleno día.
En un balcón, colgando de un clavo, hay un espejo cubierto con una tela negra.
Y junto a la puerta de la iglesia hay un hombre de chaqueta oscura, con una cicatriz sobre la ceja izquierda y la cabeza ligeramente inclinada, mirando a la cámara.
Pedí una copia con la máxima calidad posible.
Se lo mandé a mi tía Carmen, junto con una fotografía de familia que había guardado durante una mudanza. No hizo falta que le señalara a nadie: lo reconoció de inmediato.
Era Andrés, su marido. Desapareció en 1987.
No parecía haber envejecido un solo día.
Carmen estuvo mucho rato en silencio. Después se fijó en el espejo del balcón, en la tela negra que lo cubría, y dijo una sola frase antes de colgar:
Entonces ya sé adónde los llevan cuando el espejo se descubre.
Algunas tradiciones sobreviven porque alguien las recuerda. Otras, quizá, porque nadie se atrevió a ponerles fin.
Este relato es ficción, pero los pueblos con leyenda propia no lo son: hay casos reales documentados que ocurrieron en sitios así.
El relato completo, narrado.
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