LA MÁSCARA
DE LECTER
Archivo en emisión
Miniatura de «El monstruo que dibujé de niño: Creepypasta»

Abrir esta historia en YouTube ↗

Versión narrada · 26 min

Relato · Creepypasta · Ficción

El monstruo de mi jardín de infancia: creepypasta


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
26 min
Publicado
13 de septiembre de 2026

De niño dibujé al monstruo de mi jardín de infancia con una sonrisa llena de sombras y manos que llegaban hasta las cunas. Debajo escribí: «No duermes». Durante treinta años creí que era un demonio. Hasta que la canción volvió a sonar.

Relato de terror. Ficción: los personajes, el centro, el expediente y los documentos que se citan son inventados. No es un caso real.

La canción no venía de la calle ni de la televisión de los vecinos. Saltó en un anuncio del móvil mientras revisaba mensajes a oscuras: cuatro notas metálicas y lentas, con la cadencia de los juguetes de cuna antiguos. Sol, mi, fa, re.

Mis hombros se clavaron contra el respaldo de la silla. No fue un sobresalto. Fue una orden: mi cuerpo se quedó inmóvil, conteniendo el aire, exactamente como hacía treinta años cuando bajaban las persianas.

La hora en que nadie debía despertar

Volví a tener cuatro años, tumbado sobre una colchoneta de plástico helado en el jardín de infancia El Roble, en mayo de 1993.

A las dos de la tarde la luz desaparecía. Las persianas de aluminio dejaban en el suelo un patrón de barrotes y cuarenta niños quedábamos acostados en hileras de cunas bajas, bajo sábanas grises. Desde una balda alta, un radiocasete ponía la melodía.

Mientras sonaba, había tregua: podías tragar saliva, parpadear. Pero todos sabíamos que aquella música no era para descansar. Era una cuenta atrás. Cuando la cinta llegaba al final, la tecla saltaba con un chasquido y la música moría.

Entonces entraba Ella.

Nadie nos dijo su nombre ni nos explicó la regla, pero todos la conocíamos: cuando la canción se apaga, no puedes abrir los ojos ni toser. Tienes que fingir que estás muerto.

«¿No duermes?»

No se oía el roce de una falda ni el peso de un cuerpo. Solo un deslizamiento, un aire frío que movía las sábanas y el crujido rítmico de unas suelas sobre el linóleo.

Se detuvo detrás de mi cabeza. Olía a alcanfor, a tela rancia y a polvo. En mi mente de niño la veía con toda claridad: una figura altísima, con la espalda doblada en un ángulo imposible, brazos largos como ramas y una cara pálida cubierta de ojos oscuros que brillaban como gotas de alquitrán.

Acercó la boca a mi oreja y susurró, con una voz como dos lijas frotándose:

—¿No duermes?

No era una pregunta. Era un anzuelo. Apreté los ojos hasta que me dolieron las sienes y me mordí la lengua por dentro. Pasaron diez segundos. Después, la sombra se deslizó hasta la cuna de Martín.

Martín tenía tres años y no sabía fingir.

—Mamá… quiero agua…

Oí los barrotes de su cuna, su grito ahogado y sus pies rozando el linóleo mientras lo arrastraban por el pasillo central, hacia la puerta verde del fondo: una puerta de hierro sin pomo interior. El golpe de la chapa, el cerrojo, y sus puños desde dentro:

—¡Sácame! ¡Está oscuro!

Y en ese momento la figura volvió a encender la música a todo volumen. Las cuatro notas, distorsionadas por el altavoz rajado, taparon los golpes hasta convertirlos en un temblor lejano.

Ningún niño se movió.

El dibujo

Martín volvió por la tarde con el mandilón cubierto de polvo gris, arañazos en las rodillas y la mirada vacía. No lloraba. No hablaba.

En la hora de plástica, una cuidadora joven nos pidió que dibujáramos lo que habíamos soñado en la siesta. Los demás pintaron árboles y soles. Yo cogí la cera negra y dibujé a la criatura: una sombra que ocupaba toda la hoja, extremidades dobladas hacia las camas, una cabeza llena de ojos y una hilera de dientes como agujas. Debajo, con letras torcidas: NO DUERMES.

El papel me lo arrancaron de las manos. La silueta de la siesta estaba junto a mi mesa, con los ojos ocultos tras unos cristales oscuros. Dobló la cartulina despacio y se inclinó hasta que volví a oler el alcanfor.

—Los monstruos solo existen si los cuentas. Y si dices una palabra, esta noche la puerta del fondo no se abrirá para ti.

No se lo conté a mi madre. Esa noche, con una linterna bajo las sábanas, volví a dibujar la figura en una ficha de cartulina y la escondí en el forro roto de mi mochila. Necesitaba recordar su aspecto para no abrir los ojos jamás.

Durante treinta años creí que aquello había sido un encuentro con algo sobrenatural, y que mi insomnio de adulto, la imposibilidad de apagar la luz sin sentir que alguien me mira desde los pies de la cama, era lo que esa criatura me había dejado.

El expediente

La mañana después de oír la canción subí al desván y encontré la mochila. El dibujo seguía allí. Al darle la vuelta bajo el flexo vi lo que de niño nunca había mirado: un sello azul casi borrado con el registro de entrada del centro.

No busqué leyendas en internet. Fui al archivo municipal y pedí cualquier expediente a nombre de aquel jardín de infancia.

No hablaba de sombras. Eran actas de clausura de noviembre de 1995. Una niña de tres años había ingresado en el hospital comarcal tras pasar horas encerrada en una habitación sin ventilación. El informe pericial describía, al fondo de la nave, un cuarto ciego de poco más de dos metros cuadrados, el de la caldera de gasóleo y los productos de limpieza, con un cerrojo por fuera. Según las familias, los niños tenían terrores nocturnos, pánico ante sonidos repetitivos y miedo a cerrar los ojos. Aquel cuarto se usaba para castigar a quien no se quedaba quieto durante la siesta.

Y estaba la declaración de la encargada. No era un demonio. Era una mujer de cincuenta años, sin titulación, sola con cuarenta niños durante su turno de comida. Declaró que bajaba las persianas y les advertía de que no se movieran; que apartaba al cuarto del fondo a los que lloraban o pedían agua, «para evitar el contagio del llanto»; y que ponía una cinta de música infantil a todo volumen para que el ruido no llegara a los negocios de al lado.

La música no invocaba nada. Era una tapadera.

La señorita

Al final de la carpeta había una fotografía de la empleada. No tenía brazos desmesurados ni dientes de aguja. Era una mujer delgada, de hombros caídos, con el pelo canoso recogido y unas gafas de pasta con cristales tan gruesos que, según la luz, le borraban las pupilas tras un reflejo lechoso. Una bata de nailon blanco abotonada hasta el cuello. Dedos finos y huesudos.

Entendí cada trazo de mi dibujo. Los ojos múltiples eran las rendijas de la persiana reflejadas en esos cristales cuando se inclinaba sobre mi cuna. Los brazos infinitos eran la perspectiva de un niño tumbado en el suelo mirando a una adulta que podía levantarlo de un tirón. La voz era el susurro de alguien que usaba el miedo para someter a niños sin dejar marcas.

Mientras creí en el monstruo, tenía un refugio: si el mal era sobrenatural, pertenecía a una pesadilla de la que había escapado al crecer. Saber que era una persona significaba que habíamos estado solos, que los adultos no vieron nada y que aquella mujer probablemente envejeció en su casa como si nada.

Mi insomnio no era una maldición. Era la memoria del cuerpo de un niño que aprendió que dormirse era bajar la guardia. Cada noche que contengo la respiración ante un crujido no espero a un demonio. Estoy recordando a la señorita.

No voy a quemar el dibujo. Lo dejo abierto sobre la mesa. Apago la lámpara y, por primera vez en treinta años, cierro los ojos sabiendo que nadie vendrá a preguntarme si duermo.


Más ficción que juega con lo que creemos recordar: El maniquí que me señaló y la guía de creepypastas de terror.

Puedes seguir esta historia con la voz del canal.

▶ Escuchar la versión narrada · 26 min