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Miniatura de «Mi madre no me soltó: historia de terror para no dormir»

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Versión narrada · 9 min

Relato · Ficción

Mi madre no me soltó: historia de terror sobre el duelo


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
9 min
Publicado
26 de septiembre de 2026

Mientras preparaba la maleta, el vaso de mi madre reapareció medio vacío en su mesilla. Era el vaso que le llevaba cada noche y que, poco después de su muerte, guardé seco al fondo del armario del pasillo.

Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.

Mientras preparaba la maleta, el vaso de mi madre reapareció medio vacío en su mesilla. Era el vaso que le llevaba todas las noches y que, poco después de su muerte, guardé con cuidado.

—¿Mamá?

Eran poco más de las ocho de la mañana. Había dejado la maleta abierta antes de acostarme y acababa de volver a ella. Tenía la boca seca desde que desperté. La cama de mi madre estaba hecha. Nadie respondió.

El vaso del desconchón

Tenía un desconchón en el borde, justo donde ella evitaba apoyar los labios. Aquel vaso había pasado años entre su habitación y la cocina, casi siempre en mi mano. A veces me pedía agua cuando ya estaba bajo las sábanas; yo protestaba desde el pasillo, ella se reía y al final iba.

Hacía tres semanas que había muerto. La primera noche sin ella también llené el vaso: llegué hasta su puerta antes de darme cuenta de que nadie iba a beberlo. Lo lavé y lo guardé seco al fondo del armario del pasillo, junto a la jarra que, por costumbre, seguía rellenando cada mañana.

Pensé que lo había dejado allí yo misma sin acordarme. Pero no recordaba haberle puesto agua.

Lo devolví al armario. Lo llené hasta dos dedos del borde, anoté en una hoja el lugar y el nivel y dejé la hoja sobre la maleta. Por la mañana, el vaso seguiría en el armario.

Desperté con la boca seca. Dentro del armario quedaba el hueco que había dejado el vaso. En la mesilla de mi madre, el agua llegaba apenas a la mitad.

Aplazar el viaje

Podía haberlo llevado yo durante la noche. También podía haber entrado alguien. La segunda posibilidad me daba menos vergüenza. Puertas y ventanas estaban cerradas y nada se había movido de sitio, aunque eso tampoco explicaba por qué alguien cruzaría la casa solo para beber parte de un vaso de agua.

Me senté junto a la maleta y recordé la última vez que preparé un viaje con ella viva. Era un fin de semana. Me ayudó a doblar una blusa, me dijo que me llevara la bufanda y, al ver el vaso en mi mano, preguntó quién se lo dejaría cuando yo no estuviera. Podía levantarse e ir a la cocina; lo hizo muchas veces. Aun así, aquella pregunta me acompañó hasta que deshice la bolsa.

Quererla era fácil. Lo difícil era distinguir cuándo me quedaba por amor y cuándo para no verla triste.

Me pareció que el vaso había vuelto por la maleta. Quise creer que ella seguía allí y podía necesitarme. Dejé la ropa sin doblar y aplacé el viaje.

La cámara

La noche siguiente puse una cámara fija en la puerta de su cuarto. Desde allí se veían su mesilla, el pasillo corto, el armario y, al fondo, mi cama. Guardé el vaso seco, comprobé en la pantalla que se veía todo el recorrido y me acosté con la puerta abierta. Una parte de mí esperaba encontrar el vaso en el armario al amanecer. Otra quería verlo otra vez en la mesilla.

Por la mañana estaba junto a su cama, medio lleno. Revisé la noche sin tocar nada.

Yo me incorporaba en la cama. Salía descalza al pasillo, abría el armario, sacaba el vaso y la jarra y vertía agua hasta casi llenarlo. Entonces bebía. No un sorbo: bebía hasta dejar el agua a la altura exacta que había visto al despertar. Devolvía la jarra, caminaba con el vaso hasta la habitación de mi madre, lo apoyaba en la mesilla y volvía a acostarme. En el plano no aparecía nadie más.

Lo que más me costó mirar no fue mi cara en el pasillo. Fue verme dejarle agua a una cama vacía.

Lo que hice después

Lo que yo había llamado una respuesta de mi madre era un recorrido que aún podía hacer sin recordarlo a la mañana siguiente. Ella nunca me prohibió salir. Era yo quien deshacía la bolsa, y lo había hecho tantas veces que, después de su muerte, bastó un vaso en la mesilla para volver a aplazarlo todo. La seguía queriendo. Pero también había aprendido a escuchar su pregunta cuando ella ya no podía hacerla.

Dejé el vaso donde estaba. No lo llené, no lo escondí y no esperé a ver si se vaciaba. Metí la blusa en la maleta, la cerré y salí a hacer el viaje que había aplazado. Al cerrar la puerta pensé en el vaso que quedaba dentro. Por primera vez podía querer a mi madre sin volver a llevarle agua.


Este relato dura menos de diez minutos en su versión narrada. Si buscas otra historia de casa y pérdida, sigue con Enterrada viva o con las historias de terror cortas.

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