Alquiló el piso por bastante menos de lo que valía, y el casero solo puso una condición. Nada de fiestas, nada de mascotas, y no bajar al sótano. Las dos primeras las entendió.
Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.
Las preguntas se agolpaban en mi cabeza. La razón me decía que no era posible lo que mi mente me estaba gritando a la cara, pero, conforme me acercaba al bulto que había sobre mi cama, mis sospechas se hacían cada vez más reales.
Estaba a unos centímetros cuando lo escuché. Una respiración. La respiración profunda de un intruso que invadía mi espacio más sagrado: mi propio lecho.
Tiré de la manta hacia atrás de un movimiento, y unos ojos desencajados se cruzaron con los míos.
Lo que vi en ellos me devolvió al principio de toda esta historia.
El sótano
Por mi manera de ser, no recibo muchas visitas. Disfruto más de la compañía de un buen libro que de la de personas entrometidas que juzguen mi forma de vivir.
Amo la lectura. Es mi placer más inconfesable y la razón por la que monté un pequeño despacho en el sótano. No me hizo falta más que una mesa vieja, un sillón ya agrietado y el ingrediente más importante de todos: silencio. Un silencio sepulcral, roto solo por el goteo de una tubería mal sellada y por algunos visitantes que de vez en cuando asoman sus diminutas cabezas entre las cajas.
Bajo siempre alumbrado por un candil de aceite. Sí: un candil. No es que no haya luz eléctrica ahí abajo, ni que sea de esos tacaños que no encienden las lámparas. Es que la lectura es algo tremendamente importante para mí, y considero imprescindible crear la atmósfera exacta para sumergirme en cada historia.
La carta
Esto empieza después de una de esas sesiones largas. Me levanté de golpe, desperezándome tras varias horas en el sillón, y noté la garganta seca. ¿Cuántas horas hacía que no bebía agua?
Subí a la cocina. Mientras bebía, me puse a ojear el correo. Catálogos de supermercado, hojas de venta de coches, y una carta de tráfico.
Era una carta normal. Lo que no era normal era el nombre del destinatario.
No reconocí ese nombre. Así que cogí la carta y bajé a los buzones de la urbanización a buscarlo entre los de mis vecinos. Tardé unos segundos en encontrarlo, escrito en uno de aquellos buzones, y dejé el sobre dentro. La buena obra del día, me dije. Aunque quizá ese hombre habría sido más feliz sin saber nada de lo que probablemente fuera una multa.
No le di importancia. Una carta equivocada. Estas cosas pasan a diario.
El libro
No pasaron dos días.
Bajé al sótano con el candil, como siempre, y el libro que estaba leyendo no estaba en su sitio. En el sitio exacto donde recordaba haberlo dejado la noche anterior.
No puede ser, me dije. Tengo la imagen grabada en la retina: lo dejé sobre la mesa, con el marcapáginas en el capítulo 17.
Rebusqué por todo el sótano. Temí que las ratas que comparten espacio conmigo se hubieran dado un festín con el tomo. Busqué entre las cajas, busqué restos de papel roído. Nada. Ni rastro.
Soy muy meticuloso con mis rituales. Mis libros no están en cualquier parte.
Rehíce mis movimientos del día anterior sin darme cuenta, deshaciendo el camino. Subí las escaleras, miré en el salón, fui abriendo y cerrando puertas con urgencia hasta llegar a mi dormitorio.
Allí estaba. En la mesita de noche, cerrado, con mi marcapáginas puesto.
El alivio me duró poco. Casi al instante me cruzó la cabeza una pregunta como un rayo: ¿cómo demonios había llegado hasta ahí? Jamás sacaría uno de mis libros de su santuario para traerlo a la cama. No encajaba.
Y aún no había visto lo importante.
El marcapáginas marcaba el capítulo 3.
El capítulo 3. Hacía semanas que había leído ese capítulo. Lo recordaba perfectamente. ¿Por qué iba a poner el marcapáginas justo ahí?
Las comprobaciones
La cabeza me daba vueltas mientras trazaba explicaciones razonables. ¿Había bebido la noche anterior? ¿Era sonámbulo? ¿Habría buscado algo precisamente en ese capítulo?
Hasta que uno de esos destellos me provocó un escalofrío desde los tobillos hasta la nuca.
¿Alguien había entrado en casa?
No podía ser. Soy meticuloso también en eso. Suelo cerrar con llave y con cerrojo al entrar. ¿De verdad suelo hacerlo? ¿Y las ventanas?
Las comprobé una a una. Todas cerradas por dentro. Ni un solo indicio de que hubieran forzado ninguna.
Me sentí paranoico, buscando explicaciones peregrinas a algo mundano. Un libro en un sitio distinto y un marcapáginas en la página equivocada. A cualquiera podía pasarle.
A cualquiera menos a mí.
Las voces
Los días siguientes —no sé si fruto de la paranoia— empecé a oír ruidos.
Una voz cansada cuchicheaba a mis espaldas. Apenas entendía nada de lo que decía. Parecía estar lejos, muy lejos, y al mismo tiempo muy cerca.
De vez en cuando, además de las voces, oía objetos de metal en la cocina. Voces de televisión más cercanas de lo normal.
Hasta que me di de bruces con la realidad.
El candil iluminaba tenuemente mi cara mientras leía el capítulo 21. La historia me tenía tan intrigado que mi mente pasó por alto los sonidos que mis sentidos sí recogieron. De nuevo voces, susurros, y entonces:
Alguien, o algo, se dejó caer a plomo sobre mi viejo colchón de muelles.
El ruido era inequívoco. Había oído crujir ese colchón de esa misma forma muchas veces, cada vez que me tumbaba yo.
La escalera
Subí intentando hacer el menor ruido posible. El candil era la única luz de toda la casa mientras subía, escalón tras escalón.
Frente a mí adiviné la puerta del dormitorio, entreabierta, todo a oscuras. Casi a tientas, en el pasillo, encontré un trofeo viejo en una vitrina. En aquel momento no recordaba por qué lo tenía allí, pero lo agarré instintivamente como algo contundente con lo que defenderme.
La madera crujía levemente con cada paso.
Metí la cabeza por la abertura de la puerta. Todo parecía en su sitio, salvo mi cama. Algo la ocupaba. La manta se movía suavemente, arriba y abajo, acompasando aquella respiración profunda que inundaba la habitación.
Y entonces tiré de la manta, y sus ojos se cruzaron con los míos.
Toc. Toc. Toc.
En el momento en que estoy marcando el número de la policía, un sonido perturba mi mente.
Toc. Toc. Toc.
¿Alguien llama a la puerta? ¿Quién puede ser a estas horas de la madrugada?
Con paso vacilante me dirijo al pasillo. La madera vuelve a crujir bajo mis pies, y una segunda llamada, más insistente, me hace darme prisa.
Alcanzo a oír una voz al otro lado. Parece un nombre. Un nombre que me resulta familiar. ¿Dónde he escuchado ese nombre antes?
Mantengo el trofeo en la mano. Es irónico: aunque no recuerde por qué lo tengo, ni cómo lo gané, en estos instantes simboliza la victoria frente al extraño que ha intentado invadir mi casa. Aún tiene gotas de sangre del golpe que le he propinado.
Abro la puerta lentamente.
Al otro lado hay una señora de unos cincuenta años que vuelve a mencionar ese nombre. Oigo, pero no escucho nada más que ese nombre. No me interesa lo que intenta decirme.
Ese nombre.
No es mi nombre, eso está claro. Pero ¿de quién es?
Y de repente un destello me cruza la cabeza de lado a lado, como una conexión que enlaza dos elementos que hasta ahora permanecían aislados.
El nombre por el que pregunta esa señora es el nombre de la carta de tráfico que llegó a mi cocina.
Capítulo 22
Algo colapsa dentro de mí. Soy incapaz de conectar dos ideas. Hay una niebla densa que no me deja pensar con claridad. Creo que estoy en shock.
Mi siguiente recuerdo es estar de rodillas en la entrada. Frente a mí, la mujer que hace un rato preguntaba por aquel nombre yace en el suelo. Un charco de sangre le rodea la cabeza.
Con cuidado, cierro la puerta. Recojo el candil y bajo al sótano.
El libro está perfectamente colocado en el lugar donde lo dejé.
Suelto el candil. Suelto el trofeo, mientras unas últimas gotas caen sobre mi ropa.
¿Por dónde iba? Ah, sí.
Capítulo 22.
Si alguna vez encuentran un libro donde no lo dejaron, háganme caso: no lo devuelvan a su sitio. Déjenlo estar.
Y si esto le ha parecido inverosímil, conviene saber que vivir en casa de otro sin que se entere tiene nombre y tiene expediente policial.
El relato completo, narrado.
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