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Miniatura de «Terror en la carretera: la orden de la radio»

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Versión narrada · 33 min

Relato · Ficción

La orden de la radio: relato de terror en la carretera


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
33 min
Publicado
12 de septiembre de 2026

La orden llegó por la emisora entre descargas: «No mires a la derecha; tienes compañía en el estribo». La aguja marcaba potencia máxima en mitad de una meseta desierta. Quien hablaba no emitía desde ninguna antena: viajaba pegado al metal de la puerta del copiloto.

Relato de terror. Ficción: los personajes y la situación son inventados. Las referencias a frecuencias, rutas o vehículos son ambientación.

Había dejado atrás las últimas naves de Molina de Aragón cuarenta minutos antes, por la nacional que cruza la paramera hacia Teruel. A esas horas aquello no es una carretera: es una lengua de asfalto mojado sobre una planicie a más de mil cien metros, sin farolas, sin gasolineras abiertas y sin un pueblo cuyo reflejo asome en el horizonte.

Llevaba diez toneladas de paquetería urgente bien amarradas. El motor iba clavado en mil seiscientas vueltas, a los noventa que permite el limitador. El limpiaparabrisas barría el cristal cada seis segundos, siempre con el mismo chasquido del relé bajo la guantera. En la balda del techo, la emisora de banda ciudadana recorría los cuarenta canales en un bucle de ruido blanco. En la soledad del páramo, esa estática es la única compañía.

En el kilómetro veintiocho, el escáner titubeó entre el diecinueve y el veinte. El visor mostró un dígito deforme y siguió su barrido. Le di un golpe con los nudillos a la carcasa y bebí café.

El canal que no existe

En el kilómetro treinta y ocho, el escáner se detuvo en seco. El visor marcaba una frecuencia que un equipo de serie no puede sintonizar: veintisiete ciento noventa y cinco. Entre el canal diecinueve y el veinte hay un hueco que las emisoras comerciales saltan a propósito, un canal ciego que los camioneros llaman 19 Alfa. La mía nunca había sido abierta ni modificada.

Por el altavoz no entraban voces. Era una portadora pura, un zumbido grave que llenaba la cabina. Apreté el tornillo de masa y giré el silenciador hasta el tope. El zumbido no bajó. La aguja del medidor de señal estaba aplastada contra el final de la escala, y mi antena apenas alcanza unos kilómetros en llano. Para mantenerla así durante quince kilómetros, la fuente tendría que tener potencia de estación militar o ir a mi misma velocidad, a pocos metros del chasis.

Al encarar un repecho reduje a quinta y el motor cayó a mil cien vueltas. El tono del zumbido cayó con él, al mismo tiempo, y volvió a subir cuando aceleré. La señal no flotaba en el aire. Estaba acoplada al giro de mi propio motor.

Datos que nadie podía ver

El zumbido se apagó de golpe y en el altavoz quedó un soplo de frecuencia abierta, esperando. Después habló una voz seca, sin acento ni urgencia, como quien lee datos en una pantalla:

—Bache profundo en el carril derecho en tres, dos, uno.

Al terminar el «uno», la rueda delantera derecha cayó en una grieta escondida bajo el agua. La ballesta golpeó el chasis y el termo saltó de su hueco.

—La cinta aislante negra del gálibo superior izquierdo se está despegando. El extremo suelto cuelga doce centímetros sobre la chapa.

Tres semanas antes, en un muelle de Zaragoza, una carretilla me había rajado ese piloto, y yo mismo lo había sellado con cinta americana. Está a tres metros y medio de altura, en el vértice del techo. Desde el asiento no se ve, y desde detrás tampoco, porque la caja sobresale medio metro por encima. Para medir cuánto colgaba la cinta, quien hablaba tenía que estar a unos palmos por encima de mi cabeza.

Encendí los halógenos del techo. Trescientos metros de asfalto mojado, quitamiedos oxidados y paramera vacía. Ni un coche, ni un dron, nada.

La prohibición

Descolgué el micrófono y apreté el pulsador con la voz más firme que pude fingir:

—Aquí transporte urgente por la doscientos once hacia Teruel. Identifíquese o apago el equipo. Voy a dar parte a la Guardia Civil en cuanto tenga cobertura.

Solté el pulsador. La emisora del techo se quedó muda.

La respuesta no llegó por el techo. Llegó por el altavoz de la puerta del copiloto, a medio metro de mi hombro, aunque la radio del salpicadero estaba apagada:

—No toques los mandos. Y no mires por el retrovisor derecho. Hay algo apoyado en el estribo que solo espera a que gires el cuello para saber que lo has visto.

Todo el cuerpo empuja a girar la cabeza hacia el lado donde se anuncia una amenaza. El cuello me dio un tirón involuntario y lo frené clavando las uñas en el volante. Supe, sin poder explicarlo, que mirar ese espejo aunque fuera un instante sería consumar el contacto. Lo que iba en el estribo no necesitaba romper la ventanilla. Esperaba a que yo lo reconociera.

Veinte kilómetros sin girar la cabeza

En el kilómetro noventa y dos entré en un banco de niebla cerrada y la visibilidad cayó a menos de treinta metros. La dirección empezó a tirar hacia la derecha. Bajo la cabina, las ballestas del lado del copiloto crujían con un peso vivo de más de cien kilos encima del estribo.

Repasé las opciones. Si paraba en la cuneta, me quedaba encerrado a oscuras, sin cobertura, a sesenta kilómetros de cualquier pueblo, con aquello a un palmo del cristal. Saltar a noventa era morir contra las vallas. Acelerar a ciegas hacia las curvas de la bajada era un suicidio. Solo quedaba obedecer: volante firme, velocidad constante y la cara al frente.

Sin mover la cabeza, por el rabillo del ojo veía en el cristal del copiloto una silueta encorvada a la altura de la manilla. Cada vez que adelantaba un poste reflectante, su destello quedaba tapado un instante. El lado derecho de la cabina se enfriaba mientras el izquierdo seguía empapado de sudor. Los tendones del cuello me ardían.

Ya nos bajamos

Entre la niebla apareció la señal de curvas peligrosas del kilómetro ciento doce, donde la recta termina y la carretera cae hacia el desfiladero. El altavoz de la puerta chasqueó una última vez:

—Mantén el volante recto trescientos metros más. Ya nos bajamos.

Conté los metros. Al llegar a trescientos, un golpe metálico sacudió el costado derecho, la cabina rebotó un par de centímetros y la dirección recuperó su suavidad. Arriba, la emisora saltó sola del 19 Alfa al canal diecinueve y volvió el ruido blanco de siempre.

Tres kilómetros después, la niebla se abrió sobre una estación de servicio desatendida. Paré bajo la marquesina, apagué el motor y tardé dos minutos en poder bajar con la linterna.

El estribo de aluminio, que llevaba semanas cubierto de barro seco, estaba pulido, como si algo pesado hubiera viajado frotándolo. El montante de la puerta tenía una capa de escarcha que no se derretía con el calor del motor. Y el retrovisor derecho, el que me habían prohibido mirar durante veinte kilómetros, no apuntaba a la carretera. Alguien lo había girado hacia dentro, unos grados, hasta dejarlo apuntando a la nuca de mi asiento.

Desde aquella noche no he vuelto a ajustar un retrovisor sin preguntarme qué mirada estoy devolviendo.


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