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Relato · Carretera

Historias de traileros


Naturaleza
FICCIÓN
Actualizado
5 de septiembre de 2026

Hay un género propio del que conduce de noche, y no lo inventó nadie: lo hicieron los traileros contándose cosas por la banda mientras cruzaban tramos donde no hay gasolinera en doscientos kilómetros. Estos tres relatos son ficción, pero el sitio donde ocurren no lo es.

Los tres relatos son ficción. No están basados en hechos reales.

Quien hace ruta larga de noche sabe dos cosas que el resto no. La primera es que el cansancio no llega de golpe: llega en capas, y cada capa te quita una defensa. La segunda es que hay tramos donde no hay a quién llamar, y eso cambia lo que estás dispuesto a creer.

Estos tres relatos inventados toman la forma de las historias que alguien cuenta durante una parada: una voz, un trayecto y un detalle que no consigue olvidar.


1 · El que pide aventón

Llevaba nueve horas y me quedaban tres. En ese tramo no hay pueblos, solo el monte a los dos lados y la línea blanca.

Lo vi de lejos, en el acotamiento, con el brazo levantado. Un hombre de unos cincuenta, con una chamarra clara. No paré: es la primera norma y la única que nunca he roto.

Al pasar a su lado lo miré por el retrovisor. Seguía con el brazo levantado, pero ya no miraba la carretera. Me miraba a mí.

Cuarenta kilómetros después estaba otra vez en el acotamiento.

La misma chamarra, el mismo brazo. Y esta vez, cuando pasé, bajó el brazo.

Aceleré hasta la parada del kilómetro trescientos y me bajé temblando. Le conté al de la gasolinera lo que había visto y no se rio.

Me preguntó si había bajado el brazo.

Le dije que sí.

Me dijo que entonces ya no iba a volver a verlo en la carretera.


2 · Las luces del espejo

Un compañero me lo contó y él jura que le pasó.

Iba de bajada, de noche, y detrás traía otro tráiler a distancia larga. Las luces bien puestas, sin hacer ráfagas, sin acercarse. Lo llevó detrás casi dos horas.

Cuando llegó al alto y frenó para el descanso obligatorio, el otro paró también, unos cien metros atrás. No se bajó nadie.

Estuvo veinte minutos mirando por el retrovisor. Las luces seguían encendidas y el motor no sonaba.

Al final se armó de valor, tomó la linterna y caminó hacia allá.

No había ningún tráiler. Había dos reflectores de obra apoyados en la barrera de contención.

Le dio vergüenza haberse asustado. Guardó la linterna y volvió a la cabina.

Solo al sentarse recordó que llevaba dos horas viendo aquellas luces en el espejo.

Arrancó. En la siguiente recta seguían detrás, a la misma distancia.

Frenó hasta detenerse.

Las luces también.


3 · La banda

Esta la contaba un veterano que ya se jubiló.

Decía que en cierto tramo, siempre entre las tres y las cuatro de la mañana, entraba una voz en el canal. No decía nada raro: preguntaba por el estado de la vía, avisaba de niebla, daba los buenos días.

Educadísima. Todo el mundo le contestaba.

Un día uno preguntó, por preguntar, que en qué unidad iba.

La voz dio una matrícula.

El que preguntó la conocía. Era la de un compañero que se había matado en ese tramo cuatro años antes.

Dijo que la voz no volvió a entrar esa noche. Y que a la siguiente sí, a la misma hora, con los buenos días de siempre.

Nadie volvió a preguntarle nada. Le contestan y ya está.

Decía el veterano que eso es lo educado: si alguien te avisa de la niebla, tú le das las gracias, y no le preguntas desde dónde.


El género de carretera funciona porque el escenario es real: horas de sueño acumuladas, un tramo sin cobertura y un retrovisor. Si quieres el mismo ambiente en formato largo, La última parada va de un conductor de autobús nocturno, y El turno de noche, de un vigilante que anota lo que ve porque nadie más lo va a hacer.

Si ahora prefieres escuchar, elige otra historia del canal.

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