Eres brigadista de tu edificio en la colonia Doctores. Tu trabajo en cada simulacro es sencillo: bajar el último, revisar que no quede nadie y contar cabezas en el punto de reunión. Son cuarenta y siete. Llevas cuatro años contando cuarenta y siete.
Relato de terror. Ficción: no está basado en hechos reales ni en ningún caso documentado.
Eres brigadista porque nadie más levantó la mano en la junta de vecinos.
No es gran cosa. Te dieron un chaleco naranja, una lista plastificada con los cuarenta y siete residentes del edificio y una instrucción que te repitieron tres veces: tú bajas al último.
Revisas los ocho pisos, tocas donde no salió nadie, y hasta abajo. Después, en el punto de reunión —el camellón de enfrente, marcado con pintura amarilla—, cuentas.
Cuarenta y siete. Siempre cuarenta y siete.
El simulacro
Es jueves y son las once de la mañana. La alerta suena por el altavoz de la esquina y el edificio empieza a vaciarse con esa tranquilidad de quien ya lo ha hecho muchas veces: la señora del 2-B con su perro, los muchachos del 5 que trabajan desde casa, el señor del 7 que baja los ocho pisos apoyado en el barandal y que nunca acepta ayuda.
Subes. Piso por piso. Tocas en el 3-A, donde el matrimonio nunca oye nada. Tocas en el 6-C, vacío desde marzo. Compruebas la azotea, que es donde alguna vez se quedó dormido alguien.
Bajas al último, como siempre.
Y en el camellón, cuentas.
Cuarenta y ocho
Cuentas otra vez, porque uno no reporta un número raro sin contar dos veces.
Cuarenta y ocho.
Vas con la lista y empiezas a pasar nombres en voz alta, y ahí es donde deja de tener gracia: todos responden. Los cuarenta y siete. Nadie falta y nadie sobra en la lista.
Levantas la vista del papel y los cuentas de nuevo, con el dedo, uno por uno, como se cuenta a los niños en una excursión.
Cuarenta y ocho personas de pie sobre la pintura amarilla.
Lo que no encaja
Piensas primero en lo obvio: alguien de la calle. Un repartidor, un peatón que se paró a ver, alguien que salió del edificio de al lado y se quedó del lado equivocado.
Pero el punto de reunión son cuatro metros de camellón. Nadie se para ahí por casualidad, y menos con una alarma sonando.
Y hay un detalle que te tarda dos días en llegar, de esos que aparecen cuando ya no los estás buscando.
El que sobraba estaba dentro del cuadro.
No cerca. No en la banqueta mirando. Dentro de la pintura amarilla, en la segunda fila, con las manos a los costados y la vista al frente, exactamente en la postura en que el protocolo dice que hay que esperar.
Nadie se pone así por accidente. Eso lo hace alguien que ha bajado muchas veces.
El jueves siguiente
No dijiste nada en la junta. ¿Qué ibas a decir?
Lo que sí hiciste fue cambiar tu método. Ahora no cuentas al final: cuentas mientras bajan, desde el descanso del segundo piso, con el chaleco puesto para que te vean.
Cuarenta y seis personas pasaron delante de ti y salieron a la calle. Las contaste una por una, con el dedo en el barandal.
Después bajaste tú, que eres el cuarenta y siete, y cerraste la puerta del edificio con tu llave.
En el camellón, cuarenta y ocho.
Lo que llevas pensando desde entonces
No es de dónde salió. Eso ya lo asumiste.
Es que tú revisas ocho pisos, tocas puerta por puerta y bajas al último. Ese es tu trabajo y lo haces bien.
Lo que no sabes es cuántas veces, en estos cuatro años, contaste cuarenta y siete y estuvo bien.
Y cuántas veces contaste cuarenta y siete porque él ya estaba en la lista.
Si te gustan las historias donde un número no cuadra, «¿Quién apagó la luz?» se lee en tres minutos. Y si prefieres que haya pasado de verdad, en Fukuoka una mujer vivió un año en el armario de un desconocido: el phrogging.
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