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Versión narrada · 2 h 25 min

Relatos · Microrrelatos · Ficción

Noches de lluvia: 90 microrrelatos de terror


Naturaleza
FICCIÓN
Narrado
2 h 25 min
Publicado
27 de septiembre de 2026

Una carta sin enviar que responde. Una tienda de campaña rodeada por unos pies descalzos. Un padre que endulza la sopa como la hacía alguien que odiaba el dulce. Noventa historias de un minuto, cada una con una sola cosa fuera de sitio.

Microrrelatos de terror. Ficción: todos los personajes y situaciones son inventados.

Cada uno de estos microrrelatos cabe en un minuto de lectura. Ninguno necesita un monstruo: basta una carta que alguien contesta, una foto donde un desconocido cambia de sitio o una alarma que solo una persona no oye. En la versión narrada, que dura casi dos horas y media, van en diez tandas separadas por pausas largas, con lluvia de fondo y la pantalla en negro.

Aquí tienes seis completos para leer.

La carta respondida

La carta sin enviar respondió. Bajo la hoja en la que Vera apenas había escrito un saludo apareció otro papel, húmedo de lluvia, doblado en cuatro. Dentro solo decía: «Estoy de acuerdo».

Vera miró el espacio donde pensaba añadir otra frase. Iba a pedirle a su hermano que pasara la noche con ella: la cama del cuarto de invitados amanecía deshecha después de cada lluvia. Lo llamó. Él estaba a cientos de kilómetros. Entonces sonaron tres golpes en aquel cuarto. Vera salió a la lluvia y cerró la puerta principal. Dentro, unos pasos llegaron hasta la mesa donde había dejado la carta. La hoja húmeda se deslizó bajo la puerta de entrada. Ahora decía: «Ya estoy aquí».

Vera no volvió a entrar. Cada vez que llovía, alguien encendía la luz del cuarto de invitados.

Alrededor de la tienda

Diana acampaba sola en un claro del bosque durante una noche de lluvia. A las tres de la madrugada oyó pasos lentos rodeando la tienda sobre las hojas mojadas. No eran las pisadas de un animal: eran dos pies descalzos que se detuvieron frente a la cremallera. A través de la lona vio la sombra de una persona muy alta, inclinada hacia el suelo. La silueta golpeó la tela tres veces con los nudillos. Luego, una voz que Diana reconoció al instante susurró su nombre: era la de su abuela, muerta hacía diez años.

Diana contuvo el aliento dentro del saco hasta el amanecer. Al salir, alrededor de la tienda solo había una hilera de huellas descalzas que nacían y morían en el mismo sitio.

La mujer del espejo

Una mujer apareció detrás de Ana en el espejo de un probador. Ana se volvió: la cabina estaba vacía y la cortina, cerrada. Al mirar otra vez, la mujer había acercado una mano a su hombro. Ana llamó a la dependienta sin apartar los ojos del cristal y le pidió que entrara. La mujer seguía allí, ahora entre las dos. La dependienta arrojó un abrigo sobre el espejo y ambas salieron. Desde el pasillo oyeron un golpe seco bajo la tela.

El encargado retiró el espejo cuando ya no quedaban clientes. No tenía grietas. Detrás había la marca húmeda de una mano, a la altura del hombro de Ana.

La fotografía del cumpleaños

Elena encontró una foto del cumpleaños de su madre en la que un desconocido miraba desde la puerta de la cocina. Nadie recordaba haberlo invitado. En otra foto de aquella tarde, el hombre aparecía detrás de Elena. Ella guardó las dos en un sobre y llamó a su hermana. Mientras hablaban, sacó otra vez la primera: el hombre ya no estaba en la puerta; ocupaba el hueco vacío junto a la mesa.

Elena dejó el sobre boca abajo y se fue a casa de su hermana. No quería seguir mirando para saber dónde aparecería después. A la mañana siguiente volvieron juntas. La puerta de la cocina estaba cerrada, pero por debajo asomaba una tira de agua de lluvia. Nadie la había abierto durante la tormenta. Salieron y dejaron las fotos dentro.

La receta de su padre

El padre de Irene preparó sopa y le echó azúcar en lugar de sal. Llevaba veinte años cocinando la misma receta. Cuando Irene le preguntó, dijo que su madre siempre la hacía así. Su madre odiaba el dulce y había muerto en aquella cocina.

Irene no discutió. Le preguntó por el cajón de las cucharas. Él señaló el sitio correcto, pero lo abrió con la izquierda: la derecha la mantenía escondida bajo la mesa. Irene fingió bajar por pan y llamó a su hermano desde el portal. Cuando entraron juntos, el hombre seguía sentado, con las dos manos a la vista. En la derecha llevaba el anillo de su padre, demasiado grande para aquel dedo.

Salieron sin decir nada. Al otro lado de la puerta, alguien empezó a lavar tres platos.

El timbre del faro

El timbre de aviso del faro sonó tres veces durante el turno de Lucía. Solo debía sonar si alguien abría la puerta de servicio, y la puerta seguía cerrada. El interfono se quedó abierto y una voz dijo su nombre desde abajo. Ella no respondió. Llamó al guardacostas y esperó en la escalera. La voz volvió a llamarla, ahora con el tono de su compañero, que había terminado el turno horas antes.

Cuando llegaron, la puerta estaba atrancada por dentro y el pasillo, seco. Escucharon la grabación del interfono. Después de que la voz dijera su nombre, se oía a Lucía responder: «Sube». Ella había guardado silencio todo el tiempo.

Las diez tandas de la versión narrada

Los títulos de las noventa historias, en el orden en que suenan y con el minuto en que empieza cada tanda:

Al terminar la última tanda quedan unos minutos de lluvia sin voz. La pantalla permanece en negro durante todo el vídeo para que no ilumine la habitación.


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